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Ana Vázquez
Sábado, 15 de abril de 2017
SEMANA SANTA DE SEGOVIA 2017

Pasos de una Semana Santa para fieles y desleales

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La buena temperatura contribuyó a que Segovia llenase cada hueco del trayecto de la Procesión de los Pasos desde la Catedral hasta la Plaza del Azoguejo, lugar en el que cada cofradía se desvió para tomar su camino de vuelta.

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Con la Semana Santa suele pasar como con los cometas; una vez cada mucho tiempo, aparece una que por las condiciones climáticas llega para convencer a fieles y a desleales. Y así ha querido el cielo que sea con ésta; sin lluvias, sin nieves, sin frío, sin ni siquiera fresco que invite a los más escépticos a quedarse en casa viendo una película y a los más creyentes a considerar que la pereza es un pecado capital que de vez en cuando, aunque sea para la garganta, viene bien cometer.


Mientras en Sevilla habrán dejado de llorar, al menos por lo que al tiempo se refiere, en Segovia se podía ver a gente riendo y compartiendo charla más de sesenta minutos antes de que la procesión conjunta llegase a su tramo final junto al Acueducto. Familias, amigos y desconocidos se sentaban en un bordillo de la calle San Juan, a temperatura adecuada, y esperaban a que los tres caballos blancos de la Junta de Cofradías abriesen paso alrededor de las 21:40 a los Pasos; empezando por la Oración en el Huerto. Como quiera que sea, la Semana Santa, ya que se había puesto amable para todos, decidía ser simpática desde el inicio con el público, y mientras el caballo central decidía que ya era hora de aguantar tanto pis dentro, uno de los pequeños cofrades de San Lorenzo decidía que ya era hora de aguantar tanto en pie y despierto; cómo logró bajar hasta el barrio es algo que sólo saben sus padres y su diminuto compañero, quien se empeñaba en recordarle que mantuviese los ojos abiertos.


Las primeras sonrisas dieron paso a la solemnidad del asunto, y entre tambores y cornetas haciendo sonar diferentes melodías fueron pasando La Flagelación del Señor, la cofradía A.D.E.MAR con Nuestro Señor Jesús con la Cruz a Cuestas y María Santísima de las Angustias, y el Santo Cristo de la Cruz, que con los brazos abiertos era recibido por el Acueducto y las miles de personas que se daban cita en sus alrededores. Después llegó el Santo Cristo de San Marcos, con sus cofrades en fila de uno y un solo de clarinete, y uno consiguiente de carraca, que otorgó razones a los fieles para convencer a los desleales de que los pelos de punta son posibles si se deja el oído abierto de forma mínima; tan mínima, quizás, como la que permite ver a los capuchones. Muchos, incluso, cuando la cofradía ya había tomado el camino hacia el barrio y pasaba por el Paseo de Santo Domingo de Guzmán, daban la espalda a la procesión principal y miraban hacia abajo, como queriendo repetir el momento del Paso a su paso por San Juan.


Había quien, por primerizo, se asombraba al ver a la Policía escoltando al Santo Cristo en su Última Palabra y a la Soledad al Pie de la Cruz. El Calvario, María Magdalena junto a Jesús en la Cruz y La Piedad bajaban entre música de tambores y música más puntiaguda de trompeta, y como siempre, el Santo Cristo de los Gascones, encerrado en su urna de cristal, abría los ojos de aquellos a quien la hora ya iba pesando sobre el tiempo aguardado. La gente en los balcones de las casas y también de los establecimientos junto al Acueducto disfrutaba de una vista privilegiada para observar al Cristo de leyenda, y la impaciencia y también la impertinencia empezaba a ofrecer vistas de quien, de nuevo, desconoce la palabra 'respeto' y decide, por ejemplo, pasar por delante de una banda cuando ésta está a punto de hacer su entrada triunfal en la plaza del Azoguejo o cantar a voz en grito una canción infantil para que su hijo, que difícilmente llegará a conocer el concepto, no se aburra.


Con la imagen del Cristo tumbado, Camino del Sepulcro, llegaba la procesión de los Pasos a su último paso; la Soledad Dolorosa, que abriéndose pasillo entre los artilleros de la Academia alcanzaba por fin el Acueducto con la Saeta de Machado y Serrat calando, como el frío y la humedad ausentes en esta Semana Santa, en el interior de los fieles y deseales. El obispo de Segovia, César Franco, seguido de la comitiva de autoridades, miraba a un lado y otro del pasillo dando la procesión por cerrada y, quizás, pidiendo, como ocurre con los cometas, el deseo de que esta Semana Santa de temperatura para escépticos haya llevado algo de calor a su Iglesia.

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