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Ana Vázquez
Domingo, 19 de marzo de 2017
VII ENCUENTRO DE MUJERES QUE TRANSFORMAN EL MUNDO

Las historias de Leymah Gbowee o cómo darle sentido, también del humor, a un Premio Nobel de la Paz

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La Premio Nobel de la Paz en 2011 junto a Ellen Johnson y Tawakkul Karman, ha mantenido una conversación esta mañana con Pilar Requena en la que ha relatado diversas historias relacionadas con su lucha activista, demostrando tener, además, un gran sentido del humor.

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De vez en cuando en Estocolmo no se equivocan. Abren la puerta de esa sala a la que sólo quién sabe quién tiene acceso, pero que todos sabemos de qué puerta se trata, y pronuncian un nombre como el de Leymah Gbowee. De vez en cuando ese nombre que pronuncian está tan a sus asuntos que ni se entera de que la puerta se ha abierto y de que resulta que había más gente que la conocía de la que pensaba. "Ni siquiera imaginaba que alguien podía conocer mi nombre; creo que fui la última persona en saber que me habían concedido el Premio Nobel", confesaba la protagonista esta mañana en la sala Ex.Presa ante una sala llena y una Pilar Requena que conocía de sobra el relato, pero que disfrutaba al igual que las ciento cincuenta personas de la expresividad de la Nobel de la Paz 2011.


Intentar resumir en unas líneas la hora de conversación mantenida por la periodista y la responsable del movimiento pacífico de mujeres que consiguió acabar con la segunda guerra civil de Liberia sería imposible. Quien haya quedado fuera de este diálogo del VII Encuentro de Mujeres que Transforman el Mundo se ha perdido una más-breve-de-lo-que-a-todos-los-presentes-les-hubiera-gustado demostración de qué hacer con un Premio Nobel de la Paz. De cómo darle sentido. Sentido de compromiso y sentido del humor. Porque lo más complicado ante las frases, las ocurrencias e incluso las notas al margen a su pasado de Gbowee era no soltar una carcajada que se escuchaba de forma progresiva en la sala, debido a la traducción simultánea.


Tras un breve repaso por la historia de Liberia, y también por parte de los logros conseguidos por la activista africana, realizado por Pilar Requena, Gbowee comenzaba con un relato que, en el Día del Padre, daba inicio en una conversación junto a su madre en la que ésta le decía "Tu vida no se ha terminado". El trabajo con niños soldados, su odio a la guerra, y su posterior trabajo con un grupo de mujeres refugiadas que habían sido violadas, componían los primeros momentos de una conversación que ha dado para los bolsillos del recuerdo de los presentes frases como "mi educación establecía que los hombres empezaban la guerra y que ellos tenían que terminarla", "me di cuenta de que las mujeres que eran lo suficentemente valientes para luchar por la paz, eran aquellas mujeres de las que habían abusado" o "si no puedes progresar en la vida, la muerte es mejor que la vida". Todas ellas pronunciadas antes de que Leymah Gbowee contase cómo 7 mujeres partiendo de un comunicado firmado con nombres y apellidos habían dado inicio a toda una revolución que acabó con centenares de mujeres presionando a decenas de hombres para que dialogasen por la paz del país.


Con gracia y una extraordinaria habilidad para contar episodios como el de la huelga del sexo, o el del momento en el que empezó a desnudarse para que la llevasen a prisión, Leymah Gbowee iba dando instrucciones, sin querer, al público presente en la sala Ex.Presa de cómo dar sentido a un Premio Nobel. Se levantaba de la silla para representar algunas escenas y con otras, como el nombramiento de Ellen Johnson como presidenta de Liberia -junto a quien fue nombrada Nobel y cuya presidencia impulsó- reflexionaba pausada hasta soltar una frase final demoledora como "Nuestra presidenta es una política, no una feminista; piensa como una política y todos los políticos piensan generalmente como hombres".


"¿Y tú, te planteas ser parte de la política?", le preguntaba Requena tras haber hablado de la importancia de la Educación y también de su labor en la Fundación que fundó y en la que se trabaja por la formación de las mujeres de su país. "Entrar en Política supondría mi muerte intelectual", contestaba, alegando que desde un puesto político perdería el acceso personal a los problemas de la gente y aunque le permitiría impulsar grandes medidas, no pequeños cambios en las personas de su entorno. "Además, no podría cotillear las cuentas de Facebook de mis chicas", añadía con una enorme sonrisa y una intensa y contagiosa carcajada repleta de paz.

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